Leyenda de “La lavandera del Charco de las Telas en El Hornillo”.

(Basado en el guion del cortometraje realizado sobre esta leyenda en 2023 por la Asociación cultural La Risquera)

 

Se cuenta, y no andará lejos, que un primaveral día de San Desiderio, cuatro mujeres de El Hornillo iban camino del río para lavar la ropa de cama, que portaban en cestos de mimbres de sauce las unas y en un hatillo hecho con una sábana las otras

Las mujeres, en verano, según el sitio que les pillaba más cerca, y sin llevar tabla siquiera para no llevar peso -bastaba una piedra que tuviera buena forma- solían lavar en los alrededores del Charco de La Gitana al que bajaban desde La Viñuela, en los pequeños charcos alrededor del Charco de los Moros al que se bajaba por un camino junto a la casa de Las Truchas, otras al Charco de la Vela cerca del actual parque infantil pasando por la cancela del molino de aceite, otras en el Charco de San Marcos por la parte de la Ermita. Se colocaban unas cerca de otras para poder charlar y pasárselo mejor. En invierno buscaban el agua menos fría, por no venir de la nieve directamente, de los arroyos del Barrio Arriba, de la Remorena, y otros. En verano el tendedero lo formaban las grandes piedras y lanchas del río y en el invierno El Lancharillo

Habían salido bien temprano, para evitar el calor que ya se anunciaba y se entretenían charlando.

Tras un tiempo, cuando avanzaba la tarde y el sol caía pesado sobre las espaldas húmedas de las mujeres, se escucharon algunas campanadas a lo lejos. Y emprendieron retorno: lavanderas sudorosas y ropa fresca.

Tiempo después, el día del Corpus Christi, el Hornillo se había engalanado con fieltros, alemaniscos y batistas multicolores que adornaban mesas, mesitas, tablones y banquitas que servían de diminutos altares. Sobre éstos se erguían, vitales y plácidos jardincillos del albahacas, clavellinas, púrpuras, caléndulas y buganvillas: hermosa latría al Cuerpo del Señor.

Mientras algunas mujeres visitaban los altares de las otras, algunas echaron de menos a la Aurelia, sospecharon que no se encontraba bien. Pero Aurelia no estaba postrada, ni siquiera enferma. Esa mañana, muy temprano, había puesto en práctica una idea que le había rondado toda la noche: “¿Y si me gano unos cuartos lavando antes de misa? Mañana, como es el Corpus, la misa será más tarde…”

Por esto, al amanecer ya había salido hacia el río con la ropa en la cadera.

Y así, clareando tras el alba, y, notándose ya algo de calor, camino de La Risquera dejó atrás arroyo de Cañamarejo y llegó al río a la zona alejada del pueblo para no ser vista que llaman Los Roperos.. Tenía este paraje una serie de pozas, muy buenas para lavar, que el agua límpida había excavado en unas hermosas lanchas de granito muy liso. Cuando el sol calentaba estas piedras, las hacía ideales para extender la ropa lavada para que secara rápido y sin arrugas.

Al llegar sumergió la ropa y la fue frotando con energía. Con el tiempo, como el calor se espesaba, el sudor goteaba por su nariz al río donde se perdía. Cada poco enjugaba su cara con agua fresca para limpiarse el sudor que le escocía en los ojos y refrescarse. Así fue avanzando la mañana.

Laureana pensaba:Ya no debe estar el Ángelus lejos ¡Ufff, qué calor! Tengo que recoger la ropa y marcharme a misa. Bueno, un chapuzón para refrescarme y me voy”.

Y se desnudó con gracilidad, mientras que sus compañeras, en el pueblo, se vestían para la misa del Corpus.

Y nadaba, dejando que el agua fresca lamiera su joven cuerpo, cuando sus amigas charlaban animadas entre la gente que esperaba al cura.

Y, saliendo del agua con la piel tersa por el frío, se tendió sobre una piedra caliente arropada por el sol, mientras sus amigas guardaban un respetuoso silencio antes del comienzo de la misa.

Terminó susurrando El Angelus, al dormirse plácidamente sobre la piedra.

Y nunca más volvió a despertarse, porque, mientras la gente del pueblo comenzaba a cantar el Kyrie eleison quedaron convertidas en piedra tanto ella como sus ropas y su tabla de lavar, tal y como podemos contemplarlas hoy en el “Charco de las Telas”.